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jueves 25 de mayo 2017

Armando Fuentes Aguirre “Catón”: Vivo porque escribo

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ago 2, 16 • Staff Ser MAYOR

Un gato se desliza por debajo de la silla de nuestro entrevistado; postra su trasero y se acurruca en el piso del pasillo poniente del Claustro de Sor Juana. No se inmuta cuando llega don Armando; al contrario, se pone cómodo. Las asentaderas del hombre lo parapetan y sus palabras embelesan su fino oído; parece acostumbrado al arrullo de las palabras. El minino entrecierra los ojos y parpadea perezosamente. Su ronroneo parece pedirle a Catón que le cuente un cuento. ¡Al fin que son de todos!

Cuentos de todos y de otros también es el más reciente libro de Armando Fuentes AguirreCatón“, presentado bajo el sello editorial Diana. A decir de don Armando, aquí están concentrados años de su vida. “Tengo 77 años; no sé si bien vividos, pero sí bien gozados. Por cada uno de ellos doy gracias; de cada uno tengo recuerdos. La vida me ha enseñado a disfrutarlos”. En el libro hay dos aspectos que confluyen: la risa y el pensamiento. “Son muy necesarios”, dice don Armando, “ayudan a vivir”.

Por Laura olmos

Fotografías: Jorge Rodríguez

¿Por qué escribir Cuentos de todos y de otros también?

Porque la vida es un cuento maravilloso, a pesar de los momentos difíciles. El solo hecho de estar vivo ya es un milagro. La vida enseña tantas cosas, muestra tan variados paisajes, lleva a sitios tan bellos y nos pone en contacto con gente tan asombrosa que se vuelve un bello cuento.

El fin último de nuestra vida es la felicidad. Disfrutarla y darla a los demás: a aquellos que viven con nosotros, que comparten cada día el milagro de vivir. No venimos aquí a sufrir. Aunque muchas veces la vida sea una sucesión de llanto, estamos aquí para ser felices, para disfrutarla inmensamente.

Hay que oprimir la vida como si fuera un racimo de uvas y recibir todos sus jugos y hacer que nos desborden de los labios. Vivir apasionadamente. Todo lo que en la vida no sea pasión es desperdicio. Pasión en el amor, en la amistad, en el cariño a los hijos, a los nietos, a los amigos y amigas. A todos los que viven a nuestro lado.

El libro encierra una gran riqueza del lenguaje, ¿se considera un defensor de éste?

No realmente. Más bien me considero un agradecido usuario del lenguaje; procuro emplearlo bien. No me abstengo de usar lo que para algunos son “malas” palabras. Para mí no lo son. Todas son creación humana y por lo tanto en ellas hay algo de nuestro ser. Aún las palabras que sirven para ofender o injuriar guardan un hondo mensaje. Nuestra lengua es riquísima; es un idioma que sirve para expresar sentimientos. Somos humanos porque podemos hablar.

Entre todas las criaturas que llenan el vasto universo, la humana es la única que tiene el don de la palabra. Y a través de ésta puede conservar lo que ha hecho. Cada hombre que nace es todos los hombres que han vivido antes que él. Yo ya no tengo que inventar el fonógrafo porque Edison lo inventó para mí; o escribir Hamlet porque Shakespeare lo escribió para mí; o descubrir la penicilina porque Fleming ya la descubrió para mí; o pintar el Campo de Trigos con Cuervos porque Van Gogh lo pintó para mí; o componer la novena sinfonía de Beethoven porque él la compuso para mí. Tenemos la facultad de poder guardar mediante la palabra todo lo que se ha hecho.

Ortega y Gasset tenía una frase muy ingeniosa. Cuando la oímos por primera vez parece un enigma: el caballo cuando nace, estrena su ser caballar; el hombre cuando nace, no estrena su ser humano. Es decir, que el caballo que nace ahora es básicamente igual que los caballos que han nacido en todos los tiempos. Si por algún prodigio extraño a alguno de ellos se le ocurriese una idea no la podría expresar; en cambio, el hombre escribe sus ideas y a través de la magia de las palabras las perpetúa. No es cierto que las palabras se las lleve el viento, quedan y están cargadas de futuro.

¿Qué hay en la vida del autor que se traslade a este libro de manera tácita?

¡Vivencias! He tenido una vida muy intensa. Tengo una esposa maravillosa. Le voy a contar de mi vida privada…

Yo era reporterito joven. Trabajaba en un pequeño periódico de mi ciudad, Saltillo, e iba todos los días a trabajar en un cochecito que casi nunca se descomponía, pero ese día sí sucedió y me fui a trabajar en autobús. Esquinas después de abordarlo, lo tomó también una lindísima muchacha. Escuché entonces una voz que me decía: con ella te vas a casar. La muchacha bajó del autobús y la seguí. Cuando la alcancé le dije: “¿me permites que te acompañe?”. Ella, desconcertada, me dijo que sí. Yo le reafirmé: “¡pero que te acompañe toda la vida!”. Sonrió, salimos los siguientes días, una semana después le propuse matrimonio y aceptó. El año pasado cumplimos 50 años de casados. Desde entonces me acompaña en esta peregrinación que es la vida. Me ha dado amor, apoyo y comprensión.

Sigue siendo para mí la muchacha que era cuando la conocí. Y a los ojos de mis nietos también es una muchacha. El otro día estaba con una de mis nietecitas que tiene 5 años y le dije: “María Ángela, dile a tu abuelita que venga, que quiero hablar con ella”. Sin moverse de su lugar, la chiquita gritó: “¡Tita, te habla tu abuelito!”. O sea, ella piensa que soy el abuelito de mi señora. ¡Así se ve ella de joven y yo de cargado de años!

 ¿Cómo se siente en esta etapa de su vida?

Inmensamente feliz y agradecido con Dios por no darme lo que merezco. Si me lo diera, estaría en una situación muy difícil. Me ha dado virtud y felicidad. Tengo 13 nietos: el mayor tiene 20 años y la menor 5. Es un catálogo inacabable de ocurrencias y de vivencias jubilosas. No quiero decir que en la vida no haya tristeza, sinsabores o quebrantos. En la vida nos encontramos con enfermedad, muerte, abandono, soledad, tristeza, pero también eso forma parte de la vida. Y el sufrimiento sirve para hermanarnos con aquellos que sufren también. Cuando tenemos un dolor súbito por la pérdida de un ser amado o una enfermedad solemos preguntamos: “¿Por qué a mí?”. Y deberíamos preguntar: “¿Y por qué a mí no?”. Es decir, ¿qué tengo yo que me exceptúe del sufrimiento que acompaña a todos los seres humanos?

Usted tiene una frase muy bella que dice: “si es sabido antes lo que es ser abuelo, primero tengo a mis nietos y luego a mis hijos”

La escribí para mi libro De Abuelitas y Abuelitos y otros ángeles benditos. Ese libro está dedicado a todos aquellos que merecieron el don de ser abuelos. En él escribí un pequeño cuento: Adán y Eva se comen la manzana y el Señor, irritado, los expulsa del paraíso. Y van muy tristes el hombre y la mujer. Eva se queja y dice: “Caray, ¡con cuánta dureza nos castigó el Señor!”. Y Adán le dice en tono de reproche: “Puede hacerlo, es nuestro padre”. Y dice Eva, “sí, si hubiera sido nuestro abuelito, no nos habría hecho nada”. Yo pienso que la misión del abuelo es mimar a sus nietos, hacerlos sentir importantes. No reprimirlos sino comprenderlos. Ya no nos toca castigar ni corregir. Nos toca amar.

¿Qué herencia hay que dejarle a los nietos?

La herencia de buenos recuerdos. No es bueno que rememoren a un abuelo gruñón o a una abuela quejumbrosa, a unos abuelos malhumorados. Es mejor que nos recuerden como seres amables, amorosos, comprensivos, perdonadores. Que les cuentan cuentos. Que les transmiten los recuerdos de la familia. Las anécdotas, los dichos familiares. Hay que procurar vivir para siempre en sus recuerdos, porque quien vive en el recuerdo de alguien, en verdad no ha muerto.

¿Qué le diría a sus “cuatro lectores” abuelos?

No soy partidario de dar mensajes; esa es tarea de los telégrafos nacionales (ríe). El mensaje que quisiera dar es el del agradecimiento. Yo vivo de escribir y vivo porque escribo. Esto para mí no es un trabajo. Espero que todos los que nos estén leyendo hayan encontrado en la vida lo mismo que yo: hacer de su labor una tarea deleitosa. Porque el que hace lo que le gusta no trabaja. ¡Yo estoy esperando que amanezca el día para empezar a escribir!

¿Algún pendiente por cumplir?

Llegar al fin del camino con los míos; no separarme nunca de ellos. Merecer su compañía y llegar con agradecimiento. Llegar con tranquilidad, esperanza y sin culpas. Quisiera aprender a perdonarme a mí mismo mis errores, porque para perdonar a los demás tenemos primero que perdonarnos a nosotros mismos. Quiero que me recuerden con afecto y cariño. A veces me dicen que soy el columnista más leído de México –perdónenme la vanidad de mencionar esto–. Sinceramente, me gustaría mucho más ser el columnista más querido de México.

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